Javier P. Lorenzo

Anda el mareantismo coruñés empeñado en resucitar la figura del que, según todos los expertos consultados, fue el peor alcalde de la ciudad desde el retorno de la democracia: Domingos Merino. Bajo el eslogan de “outra Coruña é posíbel”, se lleva meses publicitando un documental que, al parecer, verá la luz a finales de octubre en una premier a la que asistirá la plana mayor del nacionalismo radical gallego y coruñés, así como Xulio Ferreiro y su inseparable amigo, el vigués Iago Martínez.

Parte de la culpa de este intento de mitificación, con pocos visos de prosperar bien es cierto, la tienen Ferreiro y Martínez con su manejo de los caudales públicos mediante subvenciones, pero el principal responsable de esta canonización cívica es el escritor Manolo Rivas, conocido en algunos cenáculos como el poeta mareado por su cercanía a las posiciones de la Marea Atlántica.

Rivas fue el primer jefe de prensa del Ayuntamiento coruñés y testigo directo de la incapacidad de hacer nada de quien llegó a presidir la corporación por accidente.

Conviene recordar que Domingos Merino fue elegido alcalde por un extraño cambalache entre socialistas y nacionalistas para repartirse a A Coruña y Vigo. El PSdeG eligió la villa del sur y a los nacionalistas, con apenas seis concejales y una extraña coalición, les tocó el norte.

Mucho se ha afanado Manolo Rivas, cuyas dotes de gran novelista pocos discuten, en intentar armar una imagen amable del que fue el principal traidor de los intereses coruñeses en un tema estratégico, el de la capitalidad. Entregó sin luchar ese privilegio a Santiago con tal de amarrarse al sillón, aunque fuera por unos pocos meses.

Presumía de su talante abierto y conciliador, de ser el primer alcalde gay de la ciudad y de no pertenecer a las élites de la urbe. Seguro que Ferreiro, por una simple cuestión de edad, y Martínez, por su condición de vigués, no saben nada de lo que hizo, pero sería bueno que preguntaran a los más viejos de la ciudad.

Merino cambió los plenos para el horario vespertino porque dicen las malas lenguas que no le gustaba madrugar. Y no solo le falló a los coruñeses en el tema de la capitalidad, ya de por sí grave, sino que aún fue mucho peor en la noche más peligrosa para la naciente democracia española, la del 23-F de 1981, cuando rehusó el llamamiento de las autoridades democráticas a todos los cargos electos a acudir a sus puestos y prefirió huir a la carrera hacia Portugal por si la trama de Tejero salía triunfadora.

Pocas semanas más tarde, saldría de la alcaldía y se refugiaría en el Bloque, pero su traición les costó a los nacionalistas más de una década sin representación en María Pita.

Ahora, aprovechando el paso del tiempo y la era de las “fake news”, sus acólitos intentan reivindicar la figura de quien no dudó ni un segundo en traicionar a su ciudad y a todos los coruñeses.

En ese afán, Ferreiro convirtió el salón de plenos en improvisado hogar funerario de Merino, honor del que privó a otro exalcalde, Enrique Hervada, o a un honrado benefactor como el entonces presidente de la Cocina Económica como era Alberto Martí.

La memoria de algunos es muy selectiva.