Marejada a fuerte marejada en el Club del Mar, donde tres de sus directivos se acaban de largar (dos más ya lo habían hecho antes) tras un año de frustraciones porque lo que se suponía un proyecto común se ha convertido en el escaparate de un presidente de gestión personalista, escasamente transparente y ávido de figurar. La situación explotó durante el último mes y ha finalizado con la dimisión de los disconformes, que provocan de esta manera que Ángel Garmendia deba exponer su puesto en una cuestón de confianza el próximo 3 de febrero. No tendrá sencillo salvarlo.

Garmendia, funcionario de Justicia que trabaja en el servicio de ejecuciones, embargos y desahucios, llegó al Club del Mar de rebote, como plan B en una candidatura alternativa al histórico Manuel Lugrís. Llevaba años en busca de un carguito. Lo había intentado con los socialistas coruñeses, de donde se marchó tarifando tras no encontrar apoyos suficientes. Rompió el carnet de militante tras proponer la disolución de la agrupación local, cargar contra Barcón, Besteiro y hasta Pedro Sánchez. Sus críticos creen que ahora utiliza el Club del Mar como trampolín para otras ambiciones.

Doce votos fueron los que le dieron el puesto en un sorprendente resultado que ahora deberá reeditar en un ambiente que no le es propicio. La sospecha que existe en San Amaro es la que de que tampoco está Garmendia muy preocupado por una eventual derrota que le obligue a dejar el puesto y presentarse como víctima. Su arraigo en el club es nulo, la sensación de muchos socios es la de que están en manos de un arribista que ha aprovechado este último año para pisar moqueta y abrirse espacio en círculos que le interesan para trepar. Quizás por ello una de sus propuestas estrellas es la de instalar un ascensor.