Las delegaciones del gobierno forman parte de la Administración del Estado. Tienen rasgo político porque se eligen de manera discrecional por parte del Ejecutivo al mando en Madrid, pero también atesoran un carácter institucional. En Galicia la parte política la ocupa Javier Losada, en una de esas maniobras que obedecen más a favorecer a amigos sin carguiño que a considerar el afecto de los ciudadanos. 

El discurso político de Losada es el que cabría esperar de un anestesista. Aún así ha hecho carrera. Fue concejal, presidente de Emalcsa, el Consorcio de Promoción de la Música o el Consorcio de Turismo, diputado y senador, en las Cortes ocupó puestos de responsabilidad en la Comisión de Exteriores y de Interior. Fue alcalde de su ciudad, A Coruña, sin pasar por las urnas tras la marcha de Paco Vázquez al Vaticano. Llenó las playas de arena de cantera, fomentó la construcción del mayor número de centros comerciales por kilómetro cuadrado y cuando le tocó retratarse ante los votantes consiguió primero, tras un año al mando, perder la mayoría absoluta que detentaba el PsdeG-PSOE desde hacía 23 años. Cuando se presentó a evaluar su trabajo cuatro años después se pegó un batacazo histórico.

A Losada le echó la gente, pero en realidad nunca se fue. Y ahí está, agradecido, en el palacete de la Plaza de Ourense haciendo labor de partido, no de institución. No solo se entrega a lo propagandístico sino que se ocupa en lanzar exigencias no ya a la Xunta sino a fuerzas políticas que no son las suyas. Ese modo de hacer adorna toda la casa, incluso a quienes llevan sus redes sociales. Por eso una delegación del gobierno se permite el lujo de bloquear a un ciudadano o emite críticas a otros partidos. Y si hay que vender motos se venden. Como cuando tuvo que calificar los prepuestos generales del Estado, que cayeron este año un 19% en su inversión en Galicia respecto al anterior ejercicio. Para Losada simplemente son “realistas”.