Es una historia de éxito, pero también de esfuerzo y de pasión, la de Álvaro, Tino y Amadeo, Altia. Tres emprendedores que hace ahora 25 años tuvieron la visión de percibir que estaba empezando algo nuevo. Las oportunidades se perciben, pero el valor está en lanzarse a por ellas. No lo dudaron y si en algún momento lo hicieron no lo pareció. Hoy Altia pasa del millar de empleados con oficinas en A Coruña, Vigo, Santiago, Vitoria, Bilbao, Madrid, Valladolid, Alicante, Toledo y Santiago de Chile, factura 70 millones de euros al año, atiende a más de 500 clientes y mira a la cara a gigantes del sector como Everis o Indra, con los que lo mismo compite por contratos que se alía para sostener proyectos conjuntos. Y todo manteniendo la centralidad de la empresa en Galicia.

El trayecto empezó en los albores de la revolución digital. 1994 era un buen momento para ofrecer servicios y consultoría en Tecnologías de la Información y la Comunicación. O igual era demasiado pronto, un punto iniciático. En Altia tenían el convencimiento, pero sobre todo dos valores: la capacidad para plantear proyectos y la ductilidad para adaptarse a las transformaciones en un entorno cambiante.

Administración pública y privada, soluciones en el ámbito sanitario o en el educativo, en el industrial, el logístico y transporte, en la gestión inteligente de servicios que tienen que ver con la gestión del tráfico en las ciudades, la eficiencia energética o la lucha contra la contaminación. El conocimiento que aplica Altia es transversal y pone además en valor la excelente mano de obra que se forma en las universidades gallegas. 

Se trata de ir siempre un paso por delante. O de intentarlo. De entender que tecnologías se demandan y como pueden desarrollarse. Altia hace ya tiempo que es un caramelo en el Mercado Alternativo Bursátil, en el que oficiaron como pioneros. Ha sorteado la crisis y mantiene a máxima de que el crecimiento siempre sea sostenible. Es un cuarto de siglo con Tino Fernández al frente, tiempo casi siempre de discrección dinamitada en cierto modo por la pasión por el fútbol de su fundador y presidente, que se puso en primera plano en cuanto llegó al frente del Real Club Deportivo.

Pero nada parece detener a Altia, que en 2010, antes de salir al MAB, facturaba 16 millones y ahora multiplica por cinco esa capacidad de generar ingresos, con una rentabilidad neta del 9% y dinero en caja para invertir en crecimiento. Una empresa que fideliza a sus clientes y que no ve el fin. Fernández dice que cuando facturen 365 millones al año, uno al día, llegará el momento de retirarse. Quienes le conocen cree que esa premisa podría llegar a suceder, pero que jamás se jubilaría. Y vender, apuntan, tampoco es una opción. 

Hay Altia para rato. Y en Galicia