Cuando hace poco más de dos años Susana Díaz vino a A Coruña a pedir el voto de sus correlegionarios para las primarias, una menuda abogada se puso en primera fila para defender a la candidata. Esta semana la misma abogada contemplaba y elogiaba con arrobo al oponente de Díaz en aquellos comicios. Inés Rey ha cambiado de chaqueta para demostrar que la política puede ser como un probador, donde una prenda se deja en la banqueta sin mayor problema.

Díaz era una ferviente susanista. En un encendido artículo publicado en La Voz de Galicia defendió el apoyo a la entonces presidenta andaluza en base a si se deseaba un partido socialista “transformador y a la vanguardia de los cambios sociales”, “o un partido plegado a los dictados de otros”. Ganó el segundo y ahí está Rey, presta y dispuesta a pactar con quien haga falta para ser alcaldesa de A Coruña, algo que en 2017 ni siquiera soñaba.

Aquella tarde en uno de los pasillos del Palexco (no juntaron gente para merecer un auditorio), Inés Rey no sólo glosó las bondades de Susana Díaz en contraposición al candidato con el que ahora se hace fotos y al que identifica como un gobernante con el que está “en permanente contacto” y del que dice que “escucha y conoce las necesidades de los coruñeses”, aunque luego no dedique ni un euro a la ciudad en los presupuestos. Rey reivindicó en aquella cita el trabajo de Paco Vázquez, allí presente. El mismo que ahora acusa a los socialistas coruñeses de romper el pilar de la Transición al votar a favor de que se le retire el título de hijo adoptivo a Manuel Fraga. 

Todo le vale a Inés Rey para llegar a María Pita. Pactaría con el diablo si hiciese falta, lo hará si lo necesita con esa misma Marea a la que reprocha su falta de gestión, cuando fue su propio partido la que sostuvo a Xulio Ferreiro y su tropa durante los últimos cuatro años.