Era una sesión vermú y Xulio Ferreiro se sintió Arsenio, Lendoiro, Bebeto y hasta Djukic. Tiró el penalti y lo falló, pero sin épica ni gloria, de forma ramplona. “Na Coruña suceden cousas extraordinarias. Hai 25 anos un grupo de xente, un equipo recén ascendido lle plantou cara aos poderosos, gañou a Liga e o Centenariazo, as Supercopas. Hai catro anos un grupo de xente humilde lle plantou cara ao Madrid e o Barça da política e lles gañou (sic)”. Ahí queda eso.

Ferreiro ha llegado a la cima, a comparar a la Marea con el SúperDépor, aunque las fechas le patinen en cuanto a triunfos futbolísticos. Igual es que en esto de la pelota tiene más postureo que seguimiento. Ferreiro está alterado. Este domingo en la Plaza Sellier en menos de tres minutos de vibrante discurso tuvo que consultar varias veces en una chuleta la relación de éxitos en materia cultural. Y no estaba para ahorrar hipérboles: “Somos unha referencia musical e cultural en Galicia e no estado español”, explicó el alcalde que abandono, entre otras cuestiones, todo el trabajo desarrollado durante años para poner en valor la estancia de Pablo Picasso en la ciudad.

Ferreiro se tomó el vermú en el Orzán y pasó por Ruarte Fest, un tingladillo montado se supone que para rehabilitar una zona que durante los últimos cuatro años fue la bandera del desastre de las pintadas indiscriminadas, aquello que tantas quejas suscitó en María Pita y que Ferreiro se empeñó en desvalorizar y presentar como una cuestión menor. En la última semana antes de las elecciones la Marea se ha sacado de la manga un concurso con una dotación presupuestaria irrisoria.